

Si el dolor te ha hecho desconfiar del movimiento, ese miedo tiene mucho sentido. Cuando tu cuerpo te ha indicado repetidamente que te duele moverte, la respuesta sensata es evitar el movimiento. No es una debilidad ni una reacción exagerada. Es su sistema nervioso haciendo exactamente lo que está diseñado para hacer, protegiéndolo de algo que ha aprendido a asociar con el daño.
La dificultad es que, con el tiempo, esa respuesta de protección puede extenderse más allá de lo necesario. Los movimientos que son realmente seguros comienzan a parecer peligrosos. El cuerpo que alguna vez fue confiable comienza a sentirse como algo con lo que hay que tener cuidado. Este artículo trata sobre entender por qué sucede eso y cómo empezar a cambiarlo con cuidado.
El dolor es uno de los maestros más poderosos que tiene el cuerpo. Cuando un movimiento duele, el sistema nervioso presta atención. Registra la experiencia, se pone más alerta a ese movimiento en el futuro y comienza a emitir una señal de advertencia antes y con más fuerza la próxima vez que se intente hacer algo similar.
Se trata de un sistema realmente útil. A corto plazo, protege el tejido dañado y evita que se produzcan más daños. El problema es que no siempre se apaga cuando ha pasado el motivo original. El sistema nervioso puede permanecer en estado de alerta máxima durante mucho tiempo después de que el tejido se haya curado, emitiendo señales de dolor en respuesta a movimientos que ya no son realmente dañinos.
Esto no significa que el dolor sea imaginario o exagerado. El dolor es totalmente real. Significa que la señal se ha vuelto más sensible de lo que requiere la situación, y que esa sensibilidad se puede reducir suavemente con el tiempo.
Para muchas personas, se presenta como un cálculo silencioso que ocurre antes de casi cualquier movimiento. Una vacilación antes de agacharse. Un refuerzo antes de levantarse de una silla. Retirarse automáticamente de cualquier cosa que anteriormente hubiera causado dolor. A veces se manifiesta como una abstinencia más amplia, haciendo menos en general, optando por la quietud en lugar del movimiento, porque la quietud se siente segura de manera confiable, de una manera que el movimiento ya no lo hace.
Estas respuestas son completamente comprensibles. También vale la pena reconocerlas, no para juzgarlas, sino porque reconocerlas es el primer paso para superarlas con suavidad.
La confianza en el movimiento no se recupera de una vez. Se reconstruye gradualmente, a través de pequeñas y repetidas experiencias de mudanzas y de constatar que el daño esperado no ha llegado. Cada una de esas experiencias es una nueva información para el sistema nervioso, que contradice suavemente el patrón que ha aprendido.
Esto significa que el punto de partida es muy importante. El objetivo al principio no es desafiar el miedo ni superarlo. Se trata de encontrar movimientos que parezcan genuinamente seguros en este momento, y repetirlos lo suficiente como para que el sistema nervioso comience a actualizar su evaluación de lo que significa movimiento.
Ese punto de partida será diferente para cada persona. Para algunas personas es una caminata corta y lenta. Para otras, se trata de unos pocos movimientos suaves en una silla. Para algunos, simplemente se trata de cambiar de posición con más frecuencia de lo habitual. No hay un umbral mínimo que cuente. Cualquier movimiento que parezca manejable y que no aumente significativamente los síntomas posteriormente es un punto de partida válido.
El progreso en la reconstrucción de la confianza tiende a ser desigual. Habrá días en los que el movimiento parezca más accesible de lo habitual y días en los que el miedo vuelva a sentirse más fuerte. Ese desnivel es normal y no es una señal de que las cosas vayan para atrás. Es una señal de que el sistema nervioso está cambiando, lo que rara vez es una línea recta.
Un revés, un día en el que algo duele más de lo esperado, no anula el progreso que lo precedió. Es un dato entre muchos, y la dirección general importa mucho más que cualquier día individual.
También ayuda saber que el objetivo no es llegar a un punto en el que el movimiento nunca provoque ninguna molestia. En el caso de las personas con dolor crónico, es posible que siempre se presenten algunas molestias durante el movimiento. El objetivo es establecer una relación diferente con esa molestia, una relación en la que ya no tenga el mismo peso de amenaza y en la que el movimiento parezca algo que el cuerpo puede hacer, en lugar de algo de lo que hay que protegerse.
Reconstruir la confianza en el cuerpo después del dolor lleva tiempo, y ese tiempo es diferente para cada persona. No hay un ritmo correcto ni ningún punto en el que el progreso deba ser más rápido de lo que es. El sistema nervioso cambia a través de una experiencia suave y constante, no a través del esfuerzo o la fuerza de voluntad.
Muchas personas encuentran que los momentos de progreso llegan silenciosamente. Un movimiento que parecía imposible hace un mes y que ahora ocurre sin pensarlo dos veces. Una mañana en la que predomine menos la anticipación del dolor. Un paseo que va un poco más lejos que el anterior sin que nada salga mal. Estos son cambios reales y significativos, incluso cuando parecen pequeños.
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Debido a que el progreso aquí tiende a ser gradual y desigual, llevar un registro flexible de cómo se siente el movimiento a lo largo del tiempo ayuda a que ese progreso sea visible. Darte cuenta de qué movimientos te parecen un poco más accesibles que hace unas semanas, o qué situaciones parecen menos provocadoras que antes, te da una imagen del cambio que es fácil pasar desapercibida cuando estás dentro de él.
Su evaluación del dolor con VIDA es una buena manera de hacer un seguimiento de cómo cambian las cosas con el tiempo, especialmente durante los períodos en los que el progreso parece lento o difícil de ver.