

Hay días en los que la plancha simplemente no sale. Abandonas antes de tiempo, sientes los hombros pesados y parece que has retrocedido. Otras semanas, el ritmo de vida se acelera y las sesiones se quedan en el tintero. Ambas situaciones son completamente normales y ninguna de ellas echa a perder la fuerza que has ganado.
Cómo te sientes al hacer la plancha un día concreto depende de mucho más que de tu fuerza. Dormir mal, el estrés, un día largo sentado o un entrenamiento intenso el día anterior pueden hacer que la plancha sea más difícil. Un estudio exhaustivo reveló que incluso una noche de poco descanso reduce el rendimiento físico en torno a un 7% de media. Una sesión difícil te habla de ese día, no de tu progreso.
El día después de una sesión difícil, puedes volver al nivel que te resultaba cómodo en lugar de esforzarte de más para compensar. Mucha gente nota que la siguiente sesión se siente mucho mejor.
Si varias sesiones seguidas te resultan difíciles, suele ser una señal de que necesitas una semana más ligera. Optar por hacer planchas apoyando las rodillas durante unas cuantas repeticiones o tomarte un día de descanso extra puede ayudarte a volver con más fuerza.
Las investigaciones sobre la interrupción del entrenamiento sugieren que la fuerza se mantiene en gran medida hasta unas cuatro semanas. La resistencia muscular, que es lo que desarrolla la plancha, disminuye un poco antes. Sin embargo, los estudios también demuestran que las personas que retoman el ejercicio tras una pausa tienden a recuperar su fuerza más rápido de lo que les costó construirla inicialmente.
Así que una o dos semanas de descanso son solo un pequeño bache, no un punto de partida desde cero.
Si una sesión sale mal, toma nota rápidamente de cómo has dormido y cómo ha sido tu día. Con el tiempo, es posible que detectes patrones sobre qué factores hacen que la plancha te resulte más difícil.