

Hay días con un bebé recién nacido en los que no paras ni un segundo. Otros días, te quedas pegada al sofá durante horas con el bebé durmiendo o mientras le das el pecho o el biberón. Si ya te has incorporado al trabajo, a esto hay que sumarle las largas jornadas frente al ordenador. Moverse más no significa necesariamente tener que sacar tiempo para hacer ejercicio; puedes integrarlo en tu rutina diaria.
La vida con un bebé suele oscilar entre ir de un lado a otro y largos periodos de inactividad mientras le das de comer o intentas que se calme. Ambos extremos pueden hacer que tu cuerpo se sienta cansado de formas distintas. Hacer pequeñas pausas para moverte, siempre que puedas, ayuda a compensar esos momentos de inactividad.
Las investigaciones han demostrado que la actividad física tras el parto está relacionada con una reducción de los síntomas de decaimiento. Un movimiento suave, como un paseo con el carrito, también te permite cambiar de aires y disfrutar de la luz del día, algo que a muchos padres primerizos les ayuda a sobrellevar mejor la jornada.
Cuando tu bebé se duerme encima de ti, aún puedes moverte. Rotar los hombros, hacer círculos con los tobillos o girar suavemente el cuello, todo cuenta. Estos movimientos cambian tu postura y alivian la rigidez sin despertar a nadie.
Si te has reincorporado al trabajo, las noches sin dormir pueden hacer que las largas jornadas de oficina se sientan más pesadas. Hacer breves pausas cada media hora aproximadamente puede ayudarte a mantenerte más despejada. Los estiramientos Pomodoro, en la esquina superior derecha de VIDA, pueden avisarte cuando llegue el momento de moverse.
Tu cuerpo ha pasado por mucho y tu nivel de energía puede variar de un día a otro. Las pausas cortas y suaves son un buen punto de partida, y puedes ir aumentando la intensidad a medida que te sientas preparada.
Cada vez que el bebé se quede dormido sobre ti, rota los hombros y haz círculos con los tobillos unas cuantas veces antes de acomodarte.