

Has creado hábitos que ayudan a que tu dolor sea más llevadero y tus días más fáciles. El siguiente paso es mantenerlos, incluso cuando la vida se vuelve ajetreada o el dolor ya no ocupa tanto espacio en tu mente. Una rutina sencilla y realista es la mejor forma de consolidar tus progresos.
Las investigaciones sugieren que los beneficios de la actividad regular para el dolor crónico tienden a desaparecer cuando se abandona. Mantener parte de tu rutina, aunque sea una versión más ligera, ayuda a proteger los días buenos que has conseguido.
No hace falta que lo mantengas todo. A muchas personas les resulta útil elegir unos pocos hábitos fundamentales, como:
Vincular tus hábitos a cosas que ya haces, como caminar después de comer o ver tu vídeo de VIDA antes de la cena, ayuda a que perduren. Si un hábito deja de funcionarte, no pasa nada por cambiarlo por otro que cumpla la misma función.
Tus registros de dolor y los seguimientos semanales de VIDA pueden ayudarte a notar si las cosas empiezan a cambiar, para que puedas ajustarlas a tiempo.
Las rutinas que perduran suelen ser las que se disfrutan. Si una actividad te parece una obligación, quizá merezca la pena probar algo diferente, como una clase, un grupo de caminata o una nueva afición.
Elige tres hábitos fundamentales que te gustaría mantener a largo plazo y vincula cada uno de ellos a algo que ya hagas habitualmente.