

Cuando los dolores llevan un tiempo perturbando tu sueño, es natural empezar a preocuparse por la noche que te espera. ¿Dormiré esta noche? ¿Cómo aguantaré mañana? Esos pensamientos son totalmente comprensibles, pero pueden hacer que te cueste más conciliar el sueño.
Los investigadores del sueño describen un ciclo que muchas personas reconocen. La preocupación por dormir hace que tu cuerpo esté más alerta. Estar más alerta hace que sea más difícil dormirse. Y no dormir aumenta la preocupación. También es posible que empieces a notar más cada pinchazo o sonido, porque tu mente está pendiente de cualquier cosa que pueda mantenerte despierto.
El sueño es una de las pocas cosas que se vuelve más difícil cuanto más te esfuerzas. En lugar de intentar forzar el sueño, a muchas personas les ayuda simplemente buscar el descanso. Tumbarse cómodamente y dejar que el cuerpo se relaje sigue siendo beneficioso, aunque el sueño tarde en llegar.
Escribir las cosas puede ayudar. En un estudio, las personas que dedicaron cinco minutos a escribir una lista de tareas pendientes para los próximos días antes de acostarse se durmieron más rápido que las que escribieron sobre lo que ya habían hecho. Cuanto más detallada era la lista, más rápido se dormían.
También puedes probar a dedicar 10 minutos al principio de la tarde, mucho antes de acostarte, a anotar cualquier preocupación y un siguiente paso para cada una de ellas.
Una mala noche no significa que la siguiente vaya a ser igual. Recordarte a ti mismo que tu cuerpo se recuperará y que un día de cansancio es llevadero puede aliviar parte de la presión.
Cada noche, antes de acostarte, dedica cinco minutos a escribir una lista de tareas pendientes para el día siguiente o los dos próximos. Luego, déjala a un lado y empieza tu rutina de relajación.